Día veintiocho del noveno. Año cinco.- El silencio espanta, cuando no se sabe disfrutar. Estaba bien metido en mis pensamientos mientras le entraba con fe a una cochinita pibil que por obviedad me hace sentir ma'lindo. Pensando después del trecer bocado en ¿qué es la política-ficción? y en lo chingón que se sentiría ser El Fisgón [¿Se imaginan?, cobrar por dibujar en La Jornada], sacando mi periscópio para averiguar el interior de un vagón, de mi propio submarino amarillo, cuando entra alguien mas y pide su comida.

Que bien está uno en ese lugar, callado, sin barullo, comiendo bien... a punto de decirle al dependiente que era maravillosa esta nueva fonda de veintisiete pesos, sopa, arroz, guisado, agua de sabor y postre, all-inclusive, y que la quietud del tímpano hace que el sazón de la morena que cocinó todo esto sea mas apetecible y lo bien que se ve ella en estos treinta céntricos metros cuadrados heróicamente cuautlenses, cuando un tercero, que para ese entonces ya iba terminando con sus habas, dice sin descaro:

- Bonito lugar ¡eh!, pero le falta el toque definitivo; una tele, justo en este rinconcito de aqui...
- ¿Verdad que si? -dijo el que llegó después de mi- y exactamente hoy que hay doble jornada y se juega el America - Toluca...
- Pues si, y si no hubiera partido, pues siempre si va a querer un poco de ruido: la radio ya de perdis, porque esto parece velorio, me siento como regañado...

¡Vayanse mucho a la mierda! -hubiera querido gritar- pero me limité a pagar mi cuenta y prescindir de mi flan napolitano, en cuanto pongan la tele buscaré otra fonda, al cabo la cochinita no estaba tan buena...